¿Transformación a medias?

El pasado lunes 6 de enero, el presidente Andrés Manuel López Obrador visitó la comunidad de Anenecuilco, perteneciente al municipio de Ayala, en el estado de Morelos. Se trata del lugar de origen del revolucionario Emiliano Zapata, por lo que hace un año fue allí donde arrancó el Año del Caudillo Del Sur (https://bit.ly/35IyoW2). Pero ello no evitó que el mandatario enfrentara reclamos de campesinos y activistas, entre ellos integrantes de la Unión Nacional de Trabajadores Agrícolas (UNTA) y de la Asamblea Permanente de los Pueblos de Morelos (APPM), quienes al grito de «¡Obrador, mentiroso y hablador!” le recordaron que el asesinato del activista indígena Samir Flores, ocurrido el 20 de febrero del año pasado, permanece impune. También le exigieron retirar la polémica pintura La Revolución, de Fabián Cháirez, la cual retrata a Zapata desnudo y con tacones, y que se exhibe en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México (https://bit.ly/37TaSHl), así como «el cumplimiento de sus promesas de campaña, en el sentido de cancelar la termoeléctrica, el gasoducto y el acueducto –construidos en la zona oriente–, que conforman el Proyecto Integral Morelos (PIM)», de acuerdo con información de Proceso (https://bit.ly/2tJow0V).

Los reclamos hacia AMLO en Anenecuilco, la tierra de Zapata, no es un asunto menor. Este hecho evocaría, en mi opinión, un episodio particular de la historia nacional: el rompimiento entre Emiliano Zapata y el presidente Francisco I. Madero.

La «Revolución a medias»: La historia se repite.

Francisco I. Madero y Emiliano Zapata combatieron juntos a la dictadura de Porfirio Díaz, sin embargo, se trataba de dos perfiles contrastantes.

Por un lado Madero, líder de la Revolución Mexicana, era un hacendado de Coahuila con estudios en el extranjero. Fue un hombre que nunca dejó de ver la posibilidad de una solución pacífica y no violenta para todo problema que se llegara a presentar. No fue sino hasta que conoció personalmente a Porfirio Díaz, dándose cuenta de que el dictador no soltaría fácilmente el poder, que optó por convocar al pueblo de México a un levantamiento armado. Cuando por fin triunfó la Revolución, no quiso llegar inmediatamente a la presidencia, así que pactó una transición tersa con el porfirismo, aún cuando lo que quedaba del mismo habría estado detrás del rompimiento del zapatismo con su gobierno, y posteriormente, del golpe de Estado que lo derrocó y acabó con su vida…

«El 7 de  junio de ese mismo año (1911) Madero hizo su entrada triunfal a la Ciudad de México, donde lo aclamaron 100 mil personas, pero el vencedor había decidido no acceder al poder por las armas. Permitió que se estableciera un gobierno interino, encabezado por el porfirista Francisco León de la Barra, y accedió al licenciamiento y desarme de las tropas que le habían dado el triunfo. Ambos resultarían graves errores. El presidente interino León de la Barra se esmeró en enemistar a Madero con otros jefes revolucionarios, como Emiliano Zapata y Pascual Orozco. Madero intentó mediar pero los antiguos rebeldes no entendían por qué debían esperar para satisfacer sus demandas

Por otro lado, Zapata era un campesino de Morelos que a sus nueve años fue testigo del despojo del que eran víctimas los campesinos. Al preguntarle a su padre Gabriel sobre lo que acontecía, este se limitó a decirle que no se podía hacer nada, a lo que el pequeño respondió «¿No se puede? Pues cuando sea grande, haré que se las devuelvan» (https://bit.ly/36MzFwH). Con el tiempo se encargaría de organizar a los campesinos para combatir a los hacendados por sus tierras. A diferencia de Madero (quien al final del día, también era un hacendado), él no llegó a considerar una vía pacífica y no violenta para resolver el problema que enfrentaba su gente. Probablemente, dadas sus circunstancias, nunca tuvo tal posibilidad. Aún así, fue esto lo que ayudó al ideológicamente vasto movimiento opositor, a presionar al régimen porfirista hasta que finalmente cedió.

«Estuve tranquilo hasta que se levantó el sur»: Porfirio Díaz

Orígenes distintos formaron perspectivas distintas. Triunfó la Revolución, pero ahora Madero pedía al Caudillo Del Sur cosas que él no podía entender; el rechazo del coahuilense a acceder inmediatamente al poder y optar por esperar a nuevas elecciones, el establecimiento de un gobierno interino emanado del Porfiriato, la petición de que sus hombres se desmovilizaran y le entregaran las armas al mismo ejército que ellos ya habían derrotado, y a la postre, que el reparto de las tierras, el gran motivo por el que luchaban, no llegara inmediatamente. Siempre desconfiado, se dice que le tenía cierta aversión al poder y la política, la cual veía como «un nido de avaros y traidores». Esta visión nunca cambió.

«Madero y Zapata se reunieron varias veces a lo largo de la segunda mitad de 1911. Madero intentó convencerlo de licenciar a sus tropas y esperar la solución legal de sus demandas. Zapata rechazó lo que llamó ‘una revolución a medias’, e insistió en la inmediata restitución de las tierras. Los periódicos atacaron constantemente al caudillo, a quien llamaban ‘bandido’ y ‘el Atila del sur’. Cuando Madero llegó, en noviembre 1911 a la presidencia, después de unas elecciones democráticas y limpias, sus relaciones con Zapata estaban irremediablemente deterioradas. Zapata respondió proclamando el Plan de Ayala, en el que Madero fue llamado ‘traidor’ en repetidas ocasiones. Ahí, comenzaba una nueva guerra para Zapata, una guerra sin cuartel, contra todo y contra todos.»

¿Revolución a medias o Revolución saboteada?

Alguien que hizo énfasis en este episodio de la historia fue Felipe Arturo Ávila Espinosa (https://bit.ly/2ThxkFR), actual director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), de la Secretaría de Cultura —en sustitución del historiador Pedro Salmerón, quien renunció luego de las críticas por describir como «valientes jóvenes» al grupo de militantes de la Liga Comunista 23 de Septiembre, quienes participaron en el atentado que acabó con la vida del empresario Eugenio Garza Sada (https://bit.ly/2Tgssko)—, en un artículo titulado ¿Por qué fue asesinado Emiliano Zapata? A cien años de aquel abril de 1919, publicado en abril del año pasado para la revista Relatos e historias en México (https://bit.ly/2tMErvA):

«El rompimiento formal con el maderismo fue a través del Plan de Ayala del 28 de noviembre de 1911. Este se discutió en el corazón de los cuarteles zapatistas, en mesa abierta, en reuniones públicas en las casas de los mismos pobladores. Fue apoyado por los generales del Caudillo del Sur, entre los que se encontraba Otilio Montaño, personaje fundamental en la redacción del documento y quien lo firmó en segundo lugar, junto al general José Trinidad Ruiz, solo debajo de la rúbrica de Zapata.»

Como sostiene el autor, «ante el temor de que la insurrección lo rebasara y porque se dio por satisfecho con la renuncia de Díaz a la presidencia de la República, Madero aceptó negociar con el gobierno porfirista el fin de la revolución», dando paso al Pacto de Ciudad Juárez, firmado en mayo de 1911 y que abrió paso al gobierno interino, pero manteniendo a su vez, intacto al Estado mexicano en general:

«El ejército federal, los poderes Legislativo y Judicial, el orden jurídico, los poderes estatales y locales (no sufrieron cambios). A cambio de la renuncia de Díaz y del vicepresidente Ramón Corral, así como del relevo de algunas gubernaturas que pasarían interinamente a manos de gente de Madero, este se comprometió a desarmar a su ejército y licenciarlo. Poco después, el líder de la revolución triunfante cambió el tono de sus pronunciamientos: había llegado la hora de la reconciliación nacional, de la unidad y de hacer a un lado la violencia y las demandas sociales. El Plan de San Luis había que olvidarlo.«

¿Es este el llamado a la unidad que hace la oposición al presidente López Obrador, cuando lo acusan de «dividir» y «polarizar» al país con su narrativa?

Porque Madero lo hizo y no le resultó tan bien. Para Zapata, no bastaba con haber derrocado a la dictadura, sino que debía hacerse justicia a su gente, aquella que tantos abusos sufrió durante la misma, y cuyo despojo debía ser reparado inmediatamente. Eso era por lo que había peleado, no por poder ni por dinero, así se lo hizo saber al coahuilense el 8 de junio de 1911:

«Mire señor Madero, si yo, aprovechándome de que estoy armado le quito su reloj y me lo guardo y andando el tiempo nos llegamos a encontrar, los dos armados, con igual fuerza, ¿tendría derecho a exigirme su devolución? Sin duda –le dijo Madero–; le pediría incluso una indemnización. Pues eso, justamente –terminó diciendo Zapata– es lo que nos ha pasado en el estado de Morelos, en donde unos cuantos hacendados se han apoderado de las tierras de los pueblos. Mis soldados (los agricultores armados y los pueblos todos) me exigen diga a usted, con todo respeto, que se proceda desde luego a la restitución de sus tierras.«

En un principio, Zapata decidió confiar en la promesa hecha ese día por el nuevo presidente, quien le aseguró que sus legítimas demandas se verían pronto resueltas, por lo que el Caudillo Del Sur accedió al desarme de sus tropas. Desafortunadamente, tal como escribe Ávila Espinosa, «los acuerdos de Madero con el líder suriano, fueron saboteados por el presidente León de la Barra, quien ordenó a una columna del ejército federal, encabezada por el general Victoriano Huerta (posterior golpista), que invadiera el estado de Morelos y obligara a Zapata a un desarme sin condiciones». Los esfuerzos de Madero por frenar las provocaciones orquestadas por León de la Barra fueron infructuosos.

«El ataque federal a Zapata, cuando negociaba con Madero, tenía la intención de matarlo y provocar la ruptura entre dos hombres de buena fe. En agosto de 1911, el Caudillo del Sur concluyó que, o bien Madero no tenía control sobre el presidente interino ni sobre el ejército, por lo cual no tenía sentido negociar con él, o, peor aún, que formaba parte de una trampa para asesinarlo

Invadido por un sentimiento, tal vez erróneo, de traición, Zapata escribe al presidente el 17 de agosto de aquel año sobre la indignación del pueblo por «el amago de las fuerzas federales», y advirtiéndole de paso, que él no será responsable de que se derrame sangre. El de Anenecuilco sentenció:

«Si la revolución no hubiera sido a medias y hubiera seguido su corriente, hasta realizar el restablecimiento de sus principios, no nos veríamos envueltos en este conflicto.»

Incluso tras el abrupto final del gobierno maderista, el cual se dio con el golpe de Estado de 1913, la lucha zapatista resistió. Lo mismo sucedería durante la dictadura de Victoriano Huerta y aún después del triunfo del gobierno constitucionalista que encabezó Venustiano Carranza. Lo único que hizo caer al líder, fue una cobarde traición de la que fue víctima el 10 de abril de 1919, pero las balas no pueden penetrar ideas ni legados, estos continúan vigentes, hoy más que nunca. El centenario de su muerte llevó al gobierno de López Obrador a homenajearlo durante todo el año que recién terminó. El presidente conoce muy bien la historia de nuestro país, por lo que dudo que ignore este episodio que hoy expongo.

Si Madero hubiese tomado el poder de manera inmediata, o si León de la Barra no hubiese saboteado las relaciones de su sucesor con sus aliados, ¿las cosas habrían sido distintas?

Nunca lo sabremos. Todo lo demás es especulación, supuestos.

AMLO y el zapatismo: ¿Las fracturas se pudieron evitar?

«Sólo a un loco se le ocurriría construir una termoeléctrica en la tierra de Zapata. Es como si construyeran un basurero en Jerusalén», fueron las palabras de López Obrador, entonces candidato, pronunciadas en Yecapixtla, Morelos, en mayo de 2014. Cinco años después, en el balneario El Almeal, ubicado en Cuautla, Morelos, el 10 de febrero de 2019, y ya como presidente, se dijo a favor de la termoeléctrica. A pesar de la enérgica protesta por parte de los presentes, no dudó en llamarlos «radicales de izquierda» y «conservadores» (Proceso 2207), ¿se puede ser ambas cosas a la vez?

Entre los opositores al megaproyecto se encontraba Samir Flores, dirigente indígena que fue asesinado solo 10 días después de lo acontecido en El Almeal. Su muerte sigue impune.

¿La respuesta del gobierno? Insistir en someter el proyecto a una consulta que no se apega a lo que exige el artículo 6o. del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo: el derecho de los pueblos indígenas a una consulta previa, libre e informada.

El incumplimiento de su promesa derivó en el posterior rompimiento de Jorge Zapata, nieto del revolucionario (https://bit.ly/30cUhLX), con un gobierno al que meses antes había dicho que era apoyado por «los zapatistas» (https://bit.ly/2NhlFDm), en evidente tono alusivo a la abierta oposición del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) a la administración que encabeza a un hombre que alguna vez fue para su líder, el entonces autodenominado subcomandante Marcos (hoy subcomandante Galeano), un compañero de lucha, y que hoy es acusado de orquestar la «Cuarta Aniquilación» (https://bit.ly/37WO89l).

En un artículo de opinión publicado para el portal El Soberano, Zianya Martinez se refiere al EZLN como «la otra oposición» a la 4T (https://bit.ly/2QIT9g4). No estoy de acuerdo. Yo los veo como la única oposición digna al presidente, con demandas legítimas, con una lucha permanente contra el sistema capitalista en el que ellos han sido los mayores afectados, con una deuda histórica que debería ser atendida por este gobierno, si es que en verdad este es de izquierda. Por desgracia, sale también la derecha oportunista, queriendo colgarse de su lucha. No lo lograrán.

«No se puede atacar al EZLN y defender a Bartlett. No pueden ensañarse con un movimiento indígena y justificar las inversiones capitalistas de la mano de Slim. No pueden repetir el mito delirante del zapatismo como producto del salinismo. La izquierda debe ser crítica o no es tal«: César Pineda, doctor en Ciencias Políticas y Sociales (https://bit.ly/2uH2mgj)

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