¡¡Paren el juego, me quiero bajar!! la montaña rusa que es la vida del estudiante

Cada espacio de tiempo en el que vivimos y que de cierta forma representa nuestro haber diario durante cualquier temporada de nuestra existencia siempre será comparado a las emociones que como seres humanos podemos experimentar y a situaciones reales que nos llevan a experimentar la misma sensación o una muy similar por un periodo de tiempo corto, algunos segundos, o hasta horas, es la forma en que tanto nuestro cerebro nos avisa de la repetición de alguna situación representando cierto instinto de sobrevivencia como la manera en que nuestra cosmovisión se aúna a construcciones para comprender o darle cierto sentido a eso que nos pasa, con las más absurdas variables, no profundizaré más en esto debido a que concibe una exploración epistemológica, ontológica y teleológica del ser humano sobre la cual no me siento avispado.

Es entonces como nuestro tema vuelve a surgir y a cobrar importancia, usted alumno que está leyendo esta columna (la cual tiene como mayor número de lectores precisamente estudiantes) ¿no ha sentido que la adrenalina, el estrés y la tensión se acumulan en su rutina conforme el semestre avanza? ¿nunca ha experimentado el letargo y la llana procrastinación justificada en el periodo vacacional en el que parece que lo último que quiere ver es su mochila o algo que le recuerde a los estudios? o mejor aún ¿no siente en el momento en que recibe una calificación (de preferencia aprobatoria) definitiva después de tanto trabajo en esa materia, una satisfacción y gozo sólo comparables con las realizaciones más cercanas al alivio que podría sentir un animal que acaba de sortear a su depredador? es efectivamente a través de observaciones en otros compañeros como en la experiencia propia que hago estas preguntas, pareciera que nos mantenemos en constante vaivén y vicisitudes extremas para luego un periodo de descanso incluso extraño después de tanto tiempo de no experimentarlo o hasta pesaroso después de un lapso prolongado de éste (la típica situación «ya no sé qué más hacer») y claro acompañado de los respectivos «picos» tanto de estrés y tensión explosivos y hasta nocivos como de alivio y calma casi orgásmicos, esto incluso parece absurdo si nos ponemos a pensar al ritmo de vida que llevamos y hemos llevado.

Es como quiero tratarlo,como una eterna montaña rusa que no para y que parece crece y crece cada vez más, hasta que nos hace bajarnos en algún punto o nos saca disparados (de nuevo me alejo un poco del tema principal para resaltar lo tétricamente símil que esta situación hipotética se asemeja a nuestra misma vida en general, sin embargo este no es tema a discutir ahora) es una perspectiva fuerte pero en cierta forma cierta, solo imagínense como un infante que se sube al llamado «gusanito» y se divierte, uno que otro periodo de tensión mínima (al menos desde nuestra perspectiva actual) que me imagino era cuando los profesores hacían concursos de los mejores trabajos en el kínder o una mejor participación en clase, empezábamos a conocer la competencia (que también resulta sumamente estresante por el punto a resaltar después) y se baja del juego después de tres años (la vacaciones entre años las visualizo como un periodo de aminoramiento de velocidad o de pleno freno, aunque no súbito) listo para subirse al siguiente más grande por otros 6 años, empieza a experimentar las subidas (tensión por trabajos que entregar o exámenes que responder) y bajadas repletas de adrenalina con cierto alivio de que sigue con vida (proceso de evaluación) transcursos de brevedad rectilínea (días de aprendizaje comunes en los meses de febrero o de agosto junto con giros cómodos y desestresantes, entre más prolongados mejor (fines de semana, puentes y vacaciones primaverales) ahora dimensione eso una y otra vez a lo largo de toda su vida académica, abrumador ¿no es cierto?

Para finalizar, no pretendo movilizar a las masas como lo haría un disco de crítica existencialista hace 40 años (The wall, Pink floyd, 1979) contra las instituciones y la educación robotizada y absurda (eso podrá ser después, así como muchas otras cosas) solo trato de proponer cierta perspectiva sobre la vida de todos los estudiantes, y tal vez una solución si bien no milagrosa si ligeramente paliativa, que espero pueda ayudar, con base en mi experiencia, uno puede darle tanta valía o consideración a los semestres y a los procesos como quiera, uno puede dar la prioridad que quiera a lo que necesite, enfocar cierto empeño en disfrutar el viaje y ver el panorama cuando está subiendo (en periodos de exámenes tomar ligeros descansos con un esquema planificado y otras actividades de recreación) y gritar como loco cuando baja (empeñarse a fondo y nunca rendirse cuando ocurre la presentación de exámenes, a pesar de tener calificaciones bajas, no es el fin del mundo ni del juego) y quizá, solo quizá en un punto de epifanía en el que se dé cuenta del poco disfrute que tiene en este juego, pararlo, que no lo haga salir disparado, y buscar uno mejor en donde realmente se sienta mejor (cambios de carreras, de escuelas o incluso de sistema y no seguir estudiando para dedicarse a otras labores) uno no debería sufrir en una montaña rusa, es estresante, y no sería lo mismo sin ese grado pícaro de tensión, sin embargo no significa que deba ser un calvario, insisto, las prioridades de las personas siempre serán distintas y probablemente una o varias lo estén pasando así para que les den acceso a un juego mejor aún, que se disfrute más y que sea incluso más seguro, pero como un llamado a evitar sufrimiento perpetuo y álgido en todo momento, por lo menos intente mientras sube o baja o pasea o va a toda velocidad o gira; observar el paisaje y decir «desde aquí se ve mi casa» (puede darle la interpretación analógica que quiera) si ya estamos en este juego interminable hasta nuestro fin mismo, ¿por qué no gozarlo hasta donde se pueda? (esto último va tanto al modelo del estudiante como al del ser humano en general)

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