ANDRÉS, EL DEMAGOGO ILUMINADO

El presidente de la república tiene un estilo muy personal de realizar política. Pocos son los líderes que saben exprimir de manera correcta los sentimientos del pueblo y reflejarlos en el discurso. Andrés lo ha conseguido con creces, ha logrado hacer de la plaza pública su último bastión de defensa. Ya lo decía Soledad Loaeza es un “Robespierre en el Zócalo”. Su verborrea emborrachante convence al más ingenuo aquello que Vargas Llosa denominó “el espíritu de la tribu” que consiste en un exaltamiento de las pasiones populares. Son cuatro los elementos que constituyen el estilo político de Andrés, cada uno es esencial en la construcción de su edificio ideológico.

Politica de Amigo/enemigo

La modalidad predilecta para ejecutar su política es mediante el conflicto. Dividir el campo de lucha en la dicotomía schmittiana “amigo/enemigo” es central en su imaginario. Los conservadores son el eje del ataque. Quien no respalde la cuarta transformación se convierte en un enemigo conservador. No hay puntos medios. Basta con mirar las conferencias mañaneras para ver el fraccionamiento ideológico entre los amigos del pueblo y los enemigos del pueblo (empresarios, prensa, sociedad civil). Apoyándose en la historia oficial, la división “amigo/enemigo” es su principal arma para ganar adeptos a su causa. 

Obradorismo como religión política

El misticismo en el pensamiento obradorista es primordial. Esa esperanza de transformación que se encarna en el redentor (Andrés como líder moral sobrehumano) se basa en un milenarismo moderno. La llegada del cambio y la instauración de la utopía es lo que el politólogo y filósofo anglosajón John Gray llama “la religión política moderna” (Siete tipos de ateísmo). El obradorismo congrega a su alrededor a los creyentes del cambio, adoran a su líder por sobre todas las cosas pues este les promete un futuro grandioso. Esa simbiosis sostenida por la fe transfigura al ser terrenal a la especie de semidios.

Maestro de la demagogia

El discurso de Andrés es combativo por naturaleza. Es ampuloso aunque pregone la paz. Apela al humanismo por mera conveniencia. Busca destruir “moralmente” a sus adversarios por medio de la psicología de masas. Distrae de la realidad con el canto de las sirenas. Es un maestro de la demagogia eso que Chantal Delsol en su libro Populismos una defensa de lo indefendible designa como “lo propio del demagogo” que “es complacer en el instante, pretendiendo que todo es fácil y que se puede obtener cualquier cosa, y disimulando las dificultades y los esfuerzos esenciales (…) manifiestan el comportamiento fácil de la complacencia, donde uno obtiene la adhesión contando con la expresión espontánea del deseo”.  Aunque México se caiga a pedazos, Andrés habla de una república maravillosa.

Un ser megalómano

Pedro Arturo Aguirre en Historia Mundial de la megalomanía examina el culto a la personalidad de un sinfín de dictadores, líderes políticos y jefes de estado. Es toda una orgía de locura y excentricidad. Desde Calígula a Hugo Chávez, la demencia por la admiración y por el heroísmo han sido determinantes en los líderes que se sienten iluminados, con una misión histórica y con una razón unitaria que guíe el camino de los pueblos. Andrés es un megalómano de cabo a rabo, se ve como un líder excepcional capaz de cambiar con su voluntad el mundo, un sistema político y la vida de millones de personas. Su personalidad es mesiánica y le encanta recurrir a los personajes históricos con los que se contrasta, la huella que intenta dejar es mero capricho megalómano.

Estos cuatro elementos conforman la política del presidente capaz de fragmentar a la sociedad en “amigos/enemigos” para su supervivencia. La doctrina de carácter religioso fusionado con su demagogia incendiaria aunado a su megalomanía mesiánica hace de Andrés un demagogo iluminado en potencia. Diferente a sus homólogos del pasado y los dictadorzuelos del presente, esto hace funcionar la maquinaria de la personalización del poder, pues posee una aceptación del 72% según las últimas encuestas y sigue siendo el jefe de las plazas públicas.

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