Narcos liberados

En los últimos días, un hecho significativo ha acaparado las portadas de los principales medios de comunicación en el país: La liberación del hijo del Chapo.

La noticia ampliamente difundida, ampliamente comentada y escasamente explicada, sobre la no detención – liberación de Ovidio Guzmán López, hijo del narcotraficante, Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán, significó, probablemente, el primer gran golpe hacia la llamada “Cuarta Transformación”.

Cierto es que dicho golpe no fue capitalizado como la precaria oposición partidista hubiera deseado, pero al final de cuentas, fue un golpe; golpe provocado por la incomunicación, la inexperiencia o la improvisación.

Hasta el momento de terminar esta columna, poco se sabe del operativo en Culiacán, Sinaloa,  la información en primera instancia fue confusa y limitada,  haciendo que el caos y la proliferación de “fake news” inundara principalmente las redes sociales.

Los videos de sicarios utilizando armamento estadounidense (Lease en Heraldo de México Así es el impresionante armamento con el que el Cártel de Sinaloa liberó a Ovidio Guzmán), niños protegiéndose detrás de automoviles, camiones en llamas y reos fugados de un penal, hicieron del jueves 17 de octubre, un día que difícilmente se olvidará.

El todopoderoso y, en la narrativa actual, casi invencible Cártel de Sinaloa secuestró por unas horas a un ciudad entera sin que la autoridad (de cualquier orden de gobierno) pudiera siquiera “meter las manos”.

Por si ello no fuera suficiente, el objetivo final, que era capturar al hijo del que fuera el “capo “más buscado del mundo, fracasó rotundamente.

Tras ello, el presidente Andrés Manuel López Obrador (a diferencia de otros mandatarios cuyas decisiones se basaron únicamente en la acción bélica sin estrategia) aceptó la responsabilidad y aseguró que se optó por salvar vidas de inocentes que la detención del narcotraficante.

Dicha narrativa se convirtió inmediatamente en el estandarte de los partidarios del obradorismo que automáticamente compararon la visión “humanista” del tabasqueño con la sangrienta (y absurda) decisión del ocupante de “Los Pinos” entre 2006 y 2012, Felipe Calderón, de declararle la guerra al narcotráfico.

Si bien es cierto que se evitó un derramamiento de sangre, también es necesario puntualizar que si el operativo hubiera sido planeado y llevado a cabo de manera correcta, el chantaje por parte de los criminales jamás hubiera sucedido.

Vivimos en un país donde algunos ya no quieren guerra y prefieren ceder ante el narco y otros quieren sangre por el placer de volver a los tiempos de guerra.

 

***Cierro esta columna, mandando todo mi apoyo al valiente e inquebrantable pueblo chileno en estos momentos. Van caer, tarde o temprano, ellos van caer.

 

 

Autor: Yas a Secas

Mexicano y zurdo. Política e historia como pasiones. Correctactamente incorrecto. Licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Creyente de nacimiento, hereje por convicción.

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