NADA ESCAPA DE LO MORAL (primera entrega)

Por Rubén Reséndiz (@ruresem)

Sin permiso

“Debemos tener un código de bien”. Bastaron esas palabras de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) para que la polvareda se levantara. Propuso, además, la Cartilla Moral de Alfonso Reyes como la punta de lanza para tal propósito. Aquellas seis palabras, me parece, sintetizan de buena manera la idea central de una renovación moral que AMLO ha puesto sobre la mesa. Una idea que, por cierto, no es nueva. Durante su segunda campaña presidencial en 2012, Andrés Manuel hacía referencia continuamente a una República Amorosa. Una República cuyos valores fueran de nuevo discutidos, consensados, pactados pues algunos habían sido ya corrompidos, otros olvidados y el resto sepultados bajo una dinámica neoliberal que en el país, parece, no conocer la tregua. Para entonces, hubo burla como respuesta. Ahora resurge.

Entre todo el ruido provocado es difícil distinguir la verborrea de los argumentos. Sin embargo, me parece, son tres ideas las que engloban el malestar que causa la posibilidad de una cartilla moral: i) la moral es un terreno privado, no público y, por ende, al Estado no le compete; ii) lo único que le incumbe al Estado es la aplicación irrestricta de la Ley y no más; iii) el texto de Reyes no envejeció bien, “ya huele a naftalina”. Por un asunto de espacio, haré al menos dos entregas al respecto intentado responder a cada uno.

Se escucha: ¡Es una locura! No es tarea del Estado regir, cuidar, ni guiar la moral de las personas. Ésta suele ser la primera reacción y la más socorrida de quienes reniegan de la idea. Revelan en sus palabras un sentimiento de molestia por la intromisión en la vida privada que, a su juicio, no es competencia de nadie más que de ellos mismos. La individualidad y la libertad sofocadas por el mandato de quien sólo le incumbe lo público y no más. Esferas apartadas que deben permanecer de ese modo. Separaciones correctas y equilibrios sanos. Sin embargo, si se hace una revisión histórica rápida, se hará evidente que la línea divisoria entre lo público y lo privado no ha sido estática, por el contrario, continuamente ha estado recorriéndose –y de  hecho, la izquierda ha sido pieza clave en este proceso–. Para ilustrar, dos casos históricos.

En los tiempos del auge de la revolución industrial, los dueños de las empresas limitaban tajantemente la actuación del Estado dentro de los confines de sus fábricas. Argumentaban que lo sucedido dentro de sus instalaciones era de índole privado. Si algo sucedía en la fábrica era asunto interno, un tema privado que involucraba única y exclusivamente al empleador y al empleado. A nadie más. Si existiesen maltratos, acosos, despidos injustificados, abuso de poder, éstos no eran asuntos que involucrara al gobierno; esto era privado. Pasó el tiempo y aprendimos que en las relaciones contractuales-laborales, el Estado tenía un papel importante que desempeñar. Lección aprendida a principios de siglo XX.

Por su parte, el hogar también fue un espacio de disputa. Al igual que en las fábricas, se rechazaba la “intromisión” del Estado en la dinámica familiar porque, se decía, era un asunto de índole privado. No había razón para la intromisión estatal pues una vez que un matrimonio se consumaba, la Ley que importaba y se aplicaba era la del marido. De la puerta para adentro, ¡mando yo! Pasaron años –demasiados– para entender que la violencia contra las mujeres, el maltrato familiar, los castigos de todo tipo hacia integrantes de la familia, la explotación infantil, los feminicidios eran temas que demandaban la atención e intervención del Estado. La esfera familiar nunca más fue un asunto estrictamente privado. Lo entendimos bien pero tarde.

Hoy en día, sería impensable asegurar que el Estado debe retraerse de aquellas dos esferas. Hemos aprendido que la intervención estatal tanto en las fábricas como en los hogares debe permanecer y, lo más importante, esto encarna una decisión moral. Es decir, el trato justo y digno entre quien emplea y quien trabaja, así como la relación respetuosa y amorosa entre quienes deciden conformar una familia o vivir juntos es un imperativo moral. Incluso quienes abogan, hasta el día de hoy, que lo privado es una esfera en la que el Estado debe abstenerse, sepan que ésa también es una postura moral. Nada escapa.

Ahora bien, exteriorizar un ideal de comportamiento moral es algo que ha ocurrido desde siempre y sigue sucediendo. Estados Unidos, por ejemplo, manifiesta abiertamente en su Constitución y en su Declaración de Independencia aquellos valores a los que aspira como sociedad. No es fortuita su insistencia: the land of the free and the home of the brave (se nota el mandato moral en esta frase, ¿cierto?) Dentro de las prerrogativas de un Estado, por supuesto, se encuentra la posibilidad de hacer manifiesto un ideal de ciudadanía y de persona, porque justo a partir de esos límites se decidirá qué es legal y lo ilegal, lo que debe ser sancionado y lo que no. De hecho, aquellas dos categorías así como sus castigos son reflexiones netamente morales.

¿No estábamos escandalizados hace algunos años en México porque se intentó que la materia civismo saliera de la currícula escolar básica y media-superior? ¿No es común escuchar “ya no hay valores”? En este sentido, ¿no le corresponde al Estado hacer la prédica del bien toda vez que es una representación del colectivo? ¿No es el colectivo mismo quien decide qué valores premiar y cuáles reprobar? Me aventuro incluso a afirmar que la crisis que se vive encarna también una crisis moral.

Las discusiones públicas que hemos tenido en este país (y quizá a nivel mundial) en, al menos, los últimos 20 años han girado en torno a aquello que es rentable, productivo y funcional. Time is money! se asegura sin espacio a la duda. Pero nótese que incluso en esta lógica se proyecta una moral. Una que forja ciertos valores en detrimento de otros: la productividad por encima de la holgazanería (que dicho sea de paso, aseguran es el germen de la pobreza, por flojera). La Cartilla Moral es entonces una invitación para conversar sobre nuestros límites tanto colectivos como personales y recuperar un vocabulario moral en la discusión pública. Una invitación que, me parece, cae en buen momento. Sin embargo, advierto que durante este proceso de discusión nunca habremos salido del terreno de lo moral.

COLOFÓN. Ya estamos leyendo a Alfonso Reyes.

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