EL PRESIDENTE DE LA PALABRA

Por Rubén Reséndiz (@ruresem)

Sin permiso

Poco más de un mes que ha iniciado un nuevo gobierno en México, uno de izquierda. La gente voltea a verlo con curiosidad, con asombro, con escepticismo. Unas veces con esas tres, otras sólo con una y las muchas más con una mezcolanza de varias reacciones más. No es para menos, hay un gobierno distinto, se siente, es palpable. Puede gustar o no pero eso es otro asunto (aunque en las diversas mediciones de percepción hasta el momento lo favorecen).

Hemos transitado del Presidente protocolario al Presidente de la palabra: habla, explica, escucha, matiza, rectifica. Todas las mañanas Andrés Manuel López Obrador se presenta frente a medios de comunicación desde Palacio Nacional. Comparte el micrófono con titulares de su gobierno quienes generalmente agregan información para después responder preguntas de periodistas. En promedio, una hora diaria es lo que dura este ejercicio. Su lógica es simple: que la gente escuche del propio gobierno las acciones emprendidas o, en su caso, el anuncio de alguna acción porvenir.

El cambio es innegable. Desde la entrada en el dosmil –sólo para hacer un recuento muy breve– ninguno de los últimos tres expresidentes hizo lo propio: Vicente Fox (2000-2006); Felipe Calderón (2006-2012); y Enrique Peña Nieto (2012-2018). Ciertamente ninguno de los tres anteriores podría ser llamado como gobierno mudo. A su manera comunicaban, anunciaban medidas, lanzaban notas oficiales, realizaban eventos protocolarios y hacían uso a todo tipo de recursos a los que un gobierno usualmente recurre.

Por supuesto había que ser cuidadosos, algo imprevisto podría “manchar” la investidura presidencial. Salirse de lo protocolario, por ejemplo, era impensable para Enrique Peña Nieto pues tropezaba torpemente con sus propias palabras y su cuerpo. Derivado de su declaratoria de guerra contra las drogas, Felipe Calderón no podía darse el lujo de un espacio abierto de interacción con gente o periodistas más allá de lo estrictamente necesario; una protesta, un grito, un llanto podía mancillar la gala de sus eventos y aun así, algunos no salieron limpios. Vicente Fox, por su parte, teniendo la oportunidad histórica, la desaprovechó y de su ronco pecho salieron varias vergüenzas diplomáticas.

Andrés Manuel López Obrador, en cambio, se asume como interlocutor (¿quién mejor que el propio gobierno para responder?) Se le nota cómodo hablando, eso sí, mejor en la plaza pública que en aquellos rígidos eventos protocolarios. Él habla, comunica –muy a su modo– su pensar, su sentir, no pocas veces recurre a la historia de México para dar más impulso a su discurso. Varias veces lo han interrumpido desde el público para solicitar su apoyo, otras le han exigido y reclamado. Él calla, escucha, responde y continúa, siempre con su ritmo pausado. Esta dinámica creó el efecto de una interlocución continua.

La oposición, sin embargo, asegura que en este ejercicio de responder, se esconde un reflejo de un autoritarismo latente. ¡La censura está al acecho! Azuzan con regularidad anunciando que la libertad de expresión está en peligro. Una y otra vez, en cada oportunidad. No obstante, lo que vitorean no queda claro. Recurriendo a Eduardo Galeano: uno prende la televisión y encuentra a la voz opositora advirtiendo que no hay libertad de expresión. Uno escucha la radio y encuentras a la voz opositora, de nuevo, advirtiendo que no hay libertad de expresión. Uno se acerca al puesto de periódicos y con letras grandes se puede leer a la oposición advirtiendo que no hay libertad de expresión. Uno entra a las redes sociales y se encuentra una vez más a la oposición advirtiendo que no hay libertad de expresión.

Entre todo ese barullo, en realidad lo que resulta evidente es que la concepción de libertad de expresión en este país era concebida como un boleto de un solo viaje: la ida. La costumbre de recibir el silencio o protocolos como respuesta a las preguntas realizadas logró que un contra-argumento fuera interpretado como un acto velado de autoritarismo. Si antes el silencio era razón suficiente para sospechar de él -aunque se exigía que aclarara-, ahora con AMLO, el Estado interlocutor se vuelve peligroso por el hecho de responder.

Será cuestión de tiempo para acostumbrarnos a la idea de que la libertad de expresión es una vía de ambos sentidos: ida-y-vuelta; pregunta-respuesta; argumento-contraargumento, error-corrección. En una democracia a eso se aspira: a que la interlocución con el gobierno en turno sea práctica común. En el Parlamento inglés, por ejemplo, el o la Primer Ministra debe enfrentar y responder preguntas de la oposición, en cadena nacional, cada semana. México no está acostumbrado. La respuesta, antes inexistente, dicen es ahora el síntoma del autoritarismo. Ciertamente lo nuevo siempre  causa desconfianza. Pero un gobierno con el cual interactuar, más allá de la fila en una ventanilla, es un buen camino. Habrá que normalizarlo.

COLOFÓN. Cuatro momentos de este Estado interlocutor:

i) Le pregunta un periodista a AMLO la razón de no firmar el Documento de Grupo Lima y responde que no lo hace con base en el art 89, fracción X de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Sereno.

ii) Durante la conferencia matutina del 4 de enero 2019, le hicieron “una petición de transparencia” a AMLO sobre su declaración patrimonial y ahí mismo, en ese momento, pidió y entregó las hojas impresas que tenía a la mano. Tan-tan.

iii) La disculpa pública a nombre del Estado Mexicano hacia Lydia Cacho por la violación de sus Derechos Humanos derivada de la detención arbitraria a la fue que sometida por diversas autoridades durante gobiernos pasados.

iv) La decisión de basarse en modus operandi de la Estafa Maestra para detectar fraudes y corrupción.

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