Primero de Julio: monólogo interior

[Texto elaborado por Iván Reyes, para Semanario Revueltas]

I

Harto del nulo espíritu cívico que transpiro desde hace años, preocupado por el estado que guarda mi cuerpo como nación y comprometido con sinceras aunque calladas expectativas de mi incierto futuro, decidí aceptar la confrontación conmigo mismo y vuelvo a la calle, espacio en donde me encuentro con mi propio debate, en busca de la casilla que me corresponde. Reconozco que una parte de mí no pudo evitar hipnotizarse con la contemplación dizque fugaz y distraída de mi propio reflejo en un monitor en el que Lorenzo Córdova explica, brevemente, cómo marcar la boleta para que cuente como un voto válido. Efecto Doppler que anuncia la llegada del metro al que estoy a punto de subir: un evento sorpresivo y anticipado al propio tiempo.

 Me dormí durante largos minutos del debate conmigo mismo y estuve cambiándome de canal mientras algunos de mis yos hablaban estupideces. Mi propio debate no me ayuda aún a decidir por cual de todos mis yos pienso votar o botarme, pero reconozco que estoy dispuesto a repetir el encontronazo de contar con un nuevo juego de espejos y un formato más dinámico para mis respuestas: sugiero el uso del eco para algunas afirmaciones y luces de colores para cuando hable de aquellos temas que me llenan de auténtico patriotismo. Vuelvo al canal en el que debaten mis yos y todos están de acuerdo en algo: nos salvan los libros y la cultura, la educación imaginativa desde la infancia, los libros donde reside la fe de las ideologías y los libros donde están escritas las leyes, los códigos que han sido violados, los libros de nuestra memoria histórica, las novelas y cuentos que parodian las descarnadas festividades de las balas que encuentran su orígen en la política.

   Esto ya lo he visto en otra parte. Parece refrescarse la tinta donde el Caballero de la Triste Figura declara que: “Dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son las letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrían sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los cambios, se despejan los mares de corsarios y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus privilegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más”. Lo dice un loco razonado que creyó salvar al mundo de toda desgracia con su lanza en ristre, pero lo dice también un loco renacentista que supo salvarnos de la ignorancia y la amnesia armado con su pluma y dejar en un libro la maravillosa aventura de la razón sinrazón. Un libro, un objeto que, por cierto, aparece rara vez en manos de criminales y de no pocos políticos. Son las 7:07 y ya estoy haciendo fila para votar. Visto de cabeza, parece que el reloj se ríe de mí: LOL, ¿no que estas cosas no te ponían nervioso? Pienso en el desenlace de 2001: A Space Odyssey, de Kubrick: Keir Dullea penetra la atmósfera de Júpiter envuelto en una turbamulta de luces y sonidos estridentes. Me veo al frente de la casilla, a punto de entrar, con un vetusto Sharpie en la mano derecha, sosteniendo la boleta como una musa casi cósmica con la izquierda. No creo que esto sea casualidad. Me devuelvo al interior de la casilla y observo una mesa negra que se parece a ese abismo ominoso en el que se adentra el personaje interpretado por Dullea: sólo queda saltar, aunque me rompa.

II

Son las 3:17 de la tarde y mi pulgar ya está marcado con tinta indeleble. Visto de cabeza, parece que el reloj me advierte sobre la mentira. LIE: ¿qué responderé cuando me pregunten por cuál de todos mis yos acabo de votar? Podría mentir a conveniencia. Podría desviar el tema. Podría escribir los versos más tristes esta noche que parece día o inventarme un cuento de verano que me ayude a evadir el enrevesado paisaje de noticias que invaden pantallas y sobremesas, periódicos y conversaciones. Podría hacer el elogio de un perro que parece que está a punto de hablarme en medio de la calle o las aventuras de un gato negro que ha caído en la costumbre de visitar mi casa, como si no lo viera. Podría incluso esbozar una novela donde se sabe que siguen habiendo espías rusos en los Estados Unidos y el mundo, e intentar hilar la trama sobre la curiosa historia de un espía en México, entrenado como turista para repetir: aborrezco la copa mundial y no me gusta el futbol, por eso vine a México. Podría escribir que no será nada agradable cuando Personaje Iván (claro, de nombre ruso) se encuentre con la afición mexicana.

   Un buen día el Personaje Iván ve por la televisión la victoria de Andrés Manuel López Obrador en la contienda electoral y acude a esperar pacientemente en la estación del metro, en algún punto de la entrada que precede a los andenes, para decir la clave secreta en cuanto lo abordara un colega anónimo (de gabardina negra, sombrero de alas cortas y gafas negras) que le diera una cinta con un mensaje que podría decir algo como: “Misión cumplida. Buen trabajo. Preséntese a la brevedad en el aeropuerto Benito Juárez, mostrador de aerolínea mexicana, con un breve informe respecto de su misión. Espere contacto de costumbre que habrá de entregarle papeles de nueva identidad. Este mensaje se autodestruirá en cinco segundos. Suerte y hasta pronto”.

   Podría escribir que, horas antes de emprender el vuelo, Personaje Iván rinde su informe: “He visto suficiente en la historia de México como para ser escéptico ante la posibilidad de cambios, aunque sean mínimos, en las estructuras del Estado. Siempre he apostado por otro tipo de cambios: me interesa la autogestión y la organización popular. Pero reconozco algo importante emergiendo entre tanta gente movilizada. Algo histórico, que no depende solo de su candidato. Sin negar la legitimidad de muchas críticas necesarias hacia ese posible ganador, críticas que tendrán que profundizarse, tambien me permito preguntar por lo inédito que se abre en esta situación. Y para procesar el desengaño ante algunas alianzas e incoherencias de ese candidato y su partido, vale la pena recordar algunas palabras de Gide, extraídas del libro de Adriana Petra, que tienen por objeto recordar que la izquierda siempre ha tenido una relación con el desengaño, que no es privativo de los proyectos desarrollistas o socialdemócratas; pero también ha tenido una relación con la belleza y una constante pregunta por el futuro, que entiende desde la verdad y la justicia. Frente al enojo y la tristeza, hoy me pregunto, en mi papel de mexicano, por el futuro que queremos construir. Parte del optimismo desbordante, y de la indignación de tantos, también, generados por el triunfo de AMLO es la afirmación de que “ganó la izquierda”. Ganó un candidato con vocación social y qué bueno. Hasta ahí. Es de un enorme simplismo decir que ganó la izquierda. Hay una izquierda que ganó y otra que perdió. También hay una derecha que, de mano de esa izquierda (o en sus hombros, para ser más exacto), ganó, y otra que perdió, pero no hay que dejar de lado el factor voto. Reconozco, nuevamente, la movilización entre los que apuestan por un cambio, que es el de los luchadores y luchadoras sociales de México, quienes buscaron justicia, igualdad, fraternidad, sororidad, emancipación. La esperanza de cualquier transformación se la debemos a ellos y ellas. La izquierda, ese relato de lucha que quisieron borrar, es un espectro que anda. Prefiero la incertidumbre de la alegría a la certeza de la tristeza. Prefiero, por lo tanto, la incertidumbre de una victoria mínima a lo aplastante de una derrota sin matices. En la alegría de la duda uno puede matizar”.

   Supongo entonces que la misión fue precisamente enviar a Personaje Iván a vivir este día como rompecabezas y, volviendo de la peda, imaginar que a mí, Iván (nombre ruso, por casualidad) se me encomendó ver pasar la vida en noticias tristes y cíclicas, medir el tiempo en bloques que cada cuatro años marcan el albur de un campeonato de fútbol, atestiguar las desgracias políticas de lejos e intentar escribir un texto que después publicaré en algún blog en espera de que llegue mi contacto (gabardina negra, sombrero de alas cortas y gafas negras) con la cinta autocombustible donde habrán de indicarme mi nueva vida.

 

Por Iván Reyes, agosto 2018

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