Mitología electoral

Para hablar de política, es preciso partir de algunas ideas que, si bien son discutibles desde el punto de vista filosófico, es preciso admitir como realidades: el libre albedrío y la racionalidad. Admitir que no somos libres o que actuamos por lo general como idiotas, haría redundante toda discusión política. Así que, puesto que me retaron a hablar de política, partiré de que somos libres y actuamos de manera racional.

Sobre esa base me gustaría intentar desarticular otras nociones que por lo general son base de la discusión política, pero resultan ser tumores que le han crecido encima, porque dirigen o incitan a ver las cosas de un modo impreciso y juzgarlo todo en relación con esas imprecisiones. Por eso hablo de mitología, los mitos son metáforas que explican al mundo y, de ese modo, hacen pasar por realidad aquello que es mera ficción. Se podría decir que un mito reifica —hace material— u otonologiza —da ser— a una ficción que usurpa o sustituye el lugar de lo real. La mitología es una metáfora que se ha confundido con realidad. Esto resulta relevante en política porque los mitos, como todo dogma y toda mentira, exigen obediencia. La obediencia es la anulación de la voluntad, es decir, niega la libertad. Por otra parte, al excluir la reflexión, se trata de un acto que se opone a la razón. Los mitos políticos niegan la reflexión política y por eso me parece relevante evidenciar la artificialidad de dos de ellos con la esperanza de avanzar en la discusión porque hablar de política exige usar términos congruentes con el libre albedrío y la racionalidad; es decir, desarticular mitos.

1. El mito de la representación. Según cuenta la leyenda, los gobernantes, los partidos políticos y los candidatos están ahí en servicio de las personas, velan por nuestros intereses y, en una palabra, nos representan. Veamos: Representar significa hacer presente a alguien o algo, sustituirlo, estar en su lugar. ¿Es posible que un candidato o funcionario electo esté en lugar de la ciudadanía?

Hay cosas muy abstractas que parecen concretas: el análisis estadístico, la política económica, las decisiones de seguridad pública. Hay personas concretas que desaparecen bajo la ilusión de esas abstracciones: los pobres, los hambrientos, los enfermos de cáncer. Sus cuerpos no son intercambiables. Un cuerpo no representa a otro. Los políticos no nos representan. Nuestros errores no les causan sufrimiento, mella o menoscabo. Los suyos repercuten sobre la carne de cada uno de los ciudadanos. Una reforma energética fallida y el costo de la tortilla se duplica: estómagos hambrientos, cuerpos que sufren.

La política se articula, se ejerce, y se sufre, en el cuerpo de los gobernados, nunca en el de los gobernantes. Ya lo decía el primer feminismo: lo privado es público, o debe ser público. La preocupación democrática, debe ser primeramente, el cuerpo de sus ciudadanos. Y sin embargo es al revés, lo público se vuelve privado, pero nunca lo contrario: una mala decisión política, económica, social o un acto de corrupción siempre repercuten en el cuerpo de los supuestamente representados, nunca en el de los llamados representantes. Pensemos en los niños con cáncer que recibieron solución salina en vez de quimioterapia. Volvamos la mirada hacia los niños enjaulados en Texas. Veamos a los enterrados vivos por el terremoto del año pasado. Hay una diferencia esencial entre ellos y sus pseudo-representantes: los efectos que sobre el cuerpo de unos y otros acarrea la decisión política. La razón demuestra como imposible que ellos sean representados —hechos presentes, sustituidos— por los miembros del servicio diplomático, por sus diputados y senadores, por el presidente, o los partidos políticos o los candidatos. El hambriento no puede saciar su necesidad en el cuerpo ajeno. El político gordo no hace presente el hambre del otro, no puede estar en su lugar. No hay representación. El vecino que se quedó sin casa no encuentra solaz en la noción de que, en su lugar, en su representación, un candidato duerme bajo el techo que paga el partido con recursos públicos.

El mito de la representación da ser a una ficción que usurpa el lugar de lo real y, por consiguiente, impide el ejercicio de la reflexión y la libertad: que sus cuerpos están en lugar de los ciudadanos, que nos hacen presentes. Mentira. Ningún cuerpo puede estar en lugar de otro. Para ser libres y racionales tenemos que aceptar que la democracia mexicana no es, ni puede ser, “representativa”.

2. El mito del voto responsable. Según cuenta la leyenda, cada ciudadano es responsable de ejercer el derecho al voto. La publicidad y las buenas conciencias lo han dicho muchas veces, de muchos modos: “si no votas, cállate”, “voto útil”, “democracia participativa”, y otras tantas frases como plegarias. Es preciso recordar que los mitos empiezan a existir cuando dialogamos con ellos. Basta hablar con Zeus para que éste se haga real. O las voces en mi cabeza, ya se sabe. Veamos:

Ningún derecho es libre, ni derecho, cuando su ejercicio se considera una responsabilidad. Un derecho lo es porque le otorga a uno la plena libertad de hacer o no hacer aquello a lo que tiene derecho. Un derecho no puede serlo si hay obligación de actuar, es decir, si es una “responsabilidad” ejercerlo. Ahora bien, la noción de “responsabilidad” implica hacerse cargo de las consecuencias de un acto que uno ha elegido o llevado a cabo libremente. Sobre todo cuando esas consecuencias afectan a otros, uno debe “hacerse responsable” y surge la obligación de responder o mitigar esas consecuencias. ¿Qué consecuencias desagradables puede tener el derecho al voto para que uno se tenga que responsabilizar por ellas? Ninguna.

Los políticos no nos representan. Sus decisiones afectan cuerpos concretos, pero esas decisiones no se ejercen en nuestro lugar, ni al efectuarse nos hacen presentes a nosotros. Es algo similar a lo que sucede en obras de ficción —y a veces en la realidad— cuando un perfecto villano amenaza: “si no matas a A, entonces mataré a B (y varios otros) y la muerte de B será responsabilidad tuya”. El interpelado no puede ser responsable de nada por que no es libre. Su voluntad no determina esas acciones, ni las apoya. La coerción que sobre él ejerce nuestro villano anula su voluntad y hace imposible asignarle responsabilidad. El único responsable es el villano que le exige actuar de un modo y amenaza con materializar algunas consecuencias sobre cuerpos ajenos si el interpelado no obedece. El interpelado es un instrumento, no tiene derechos ni responsabilidades. Pero si él opina que es responsable y, en consecuencia suma su voluntad a la del villano y admite y ejerce como propias una serie de consecuencias, entonces éstas le son propias y ya no impuestas. Deja de ser un instrumento y se transforma en un agente porque asume como propios los fines del villano, los quiere. Ya lo dijo Marco Aurelio: “la mejor manera de defenderte es no asimilarte a ellos”.

Así ocurre con el voto cuando se le considera una responsabilidad. El votante se vuelve cómplice de todas las consecuencias que tras de sí acarrean las decisiones de sus pseudo-representantes al asumirse como parte de la ficción democrática. Suma su voluntad a la de aquellos que no lo representan. Desea lo que ellos desean. Los políticos no representan al votante y sus acciones no pueden hacerlo responsable de nada, puesto que no tienen relación alguna con su voluntad. Pero cuando el votante asume como propios los fines que aquellos persiguen a tal grado que ejerce el voto, entonces se vuelve cómplice de esos que no lo representan. Es su derecho, sí. Pero también los otros tenemos derecho a no hacernos cómplices, no identificarnos, ni asumir esos fines ajenos y abominables como propios.

Votar no es una responsabilidad moral. Es un derecho y, en tal sentido, debe asignarse el mismo valor a la abstención que al voto. Votar implica gritar un entusiasmado “sí” al sistema, a los mitos, a las ficciones y los simulacros. Abstenerse implica expresar que nada de lo que suceda a continuación es porque uno lo haya querido: el villano podrá hacer lo que quiera, que yo no me muevo. Ahí donde el voto es un derecho y no una responsabilidad. Ahí donde la negación tiene un valor tan claro y protegido como la afirmación, sólo ahí se puede hacer política con razón y libertad.

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—La democracia representativa y responsable por Gustave Doré—

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